(gracias, whitock).
"En las escuelas de chicas, lo normal era que fueras castigada físicamente a la más mínima falta que cometieras en clase.
Por ejemplo, por no hacer los trabajos que te mandaban para casa el día anterior, llegar tarde, levantarte sin permiso de la mesa, hablar con las compañeras, etc.
La maestra te llamaba a su mesa, y tras mandarte poner los brazos extendidos y delante de ti, y las palmas de las manos hacia arriba, te daba unos cuantos golpes con la regla de madera; si intentabas apartar las manos era peor, pues podías ganarte una bofetada, y golpes más fuertes en lo sucesivo.
A continuación, venía lo que se suponía que era el verdadero castigo: estar toda la tarde de rodillas con los brazos extendidos en cruz, y totalmente estirados. Para que sirviera de ejemplo al resto de las compañeras, te mandaban colocarte debajo de la pizarra.
Otra cosa era que tuvieras que mirar hacia ella o hacia la clase, y que tuvieras que ver a tus compañeras mientras estabas en el suplicio. En el primer caso te aburrías más, pero el segundo suponía una vergüenza añadida, pues tus compañeras podían deleitarse viendo las muecas de dolor que ponías durante el castigo
Una vez que ya estabas arrodillada y con los brazos estirados, el dolor de éstos últimos ya se manifestaba a los pocos minutos. Primero era cerca de los hombros, y los brazos caían tímidamente. Pero a los veinte minutos el dolor era ya insoportable.
- ¡Esos brazos, los quiero bien estirados!
El grito de la maestra conseguía hacértelos levantar a duras penas y valía para unos cuantos minutos.
Las rodillas tardaban más en empezar a doler, pero cuando lo hacía era con dureza. Cuando nos castigaban al lado de nuestra mesa, hacíamos “trampa”, y nos colocábamos un libro bajo las rodillas, para evitarnos los dolores (siempre que la profesora no nos descubriera), pero a la vista de todo el mundo y con la falda del uniforme por encima de las rodillas era imposible escapar.
Entonces uno levantaba las rodillas, una y otra, intentando aliviar el dolor, pero esos movimientos sólo lo aumentaban...
Pero, aun doliendo mucho las rodillas, lo peor era con diferencia el dolor de los brazos... la parte alta de los brazos, ya cerca de los hombros, empezaba a quemar; cada vez era más difícil mantener los brazos estirados y derechos, era insoportable; y lo normal era pasar así hora y media.
Las compañeras que habían pasado el suplicio de sostener libros decían que era un castigo insoportable, pero yo siempre pensé que por lo menos podían doblar los codos, mientras que aquí no te dejaban...
La tortura concluía cuando la maestra te “perdonaba” y podías volver a tu asiento; pero el dolor de los brazos no pasaba hasta muchas horas después.
Luego quedaba el trabajo de lavarse las rodillas para que tus padres no se dieran cuenta de que habías sido castigada en el colegio, y tal vez recibir otro castigo en casa.
Whitock"
Published: 16/12/03
(gracias, Lolita)
"Por cuatro años (de los doce a los 16) estuve en un internado de monjas donde no se toleraban las malas calificaciones ni irresponsabilidades y por eso los castigos eran bastante frecuentes y personalmente fui victima de ello.
En mi país no se castigaba a los niños en las escuelas, pero en mi internado si pasaba y estoy segura que aun sigue siendo así.
Por cualquier mal comportamiento o calificación te llamaban la atención pero si era reiterado o grave te anotaban en el libro de clase y eso significaba que tenías que quedarte luego de acabada la hora, ahí comenzaba el suplicio sicológico.
Cuando tocaban la campana todas salían del salón y yo y quizás otras compañeras debíamos permanecer ahí mirando hacia la pared esperando a que nos llamaran por lista. En esos momentos podías escuchar mientras golpeaban a tus amigas, era terrible.
Cuando llegaba mi turno debía ir hasta el escritorio de la profesora (todas monjas) donde tenía que poner mis manos en el borde de la mesa con el cuerpo en 90º. Ahí me golpeaban en las nalgas con una palmeta de madera de esas rectangulares con orificios y debía contar en voz alta. Los golpes eran por lo menos cinco, y algunos más si era algo mas grave.
Los primeros azotes no dolían tanto, pero ya al cuarto no podía más y las lágrimas caían solitas. Por supuesto nadie dejaba el salón hasta que todas recibiéramos los azotes, eso sí, mirando a la pared siempre.
Lo peor era que la jornada no había acabado y luego tenía más clases donde obviamente debía permanecer sentada, ahí sí que sentía el dolor.
No se si en esos años aprendí alguna lección, lo que si aprendí fue a obedecer para evitar sufrir castigos tan seguido.
Lolita"
Published: 16/12/03
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