(gracias, P_xado)
"Por aquel entonces tenía yo siete años y estudiaba en un
colegio público, estaba en segundo de EGB y nos había tocado en suerte como
profesor Don Mario, famoso por ser muy severo y estricto.
Don Mario acostumbraba a dar las clases de pie mientras caminaba con las manos a
la espalda por entre los pupitres. De vez en cuando y más a menudo de lo que hoy
se consideraría normal, acostumbraba a soltar bofetones a aquellos que no
estaban atentos a sus explicaciones. Golpeaba con tal dureza que sus dedos
quedaban marcados en la cara de la víctima, en una ocasión le tocó a mi
compañero de al lado y sus gafas salieron volando, pasaron por encima de mi mesa
y aterrizaron en el suelo.
También infringía otro tipo de castigo al que todos temíamos, golpear en la
palma de la mano extendida con una regla de madera. Si la falta había sido
grave, le hacía juntar los dedos de manera que sus yemas quedaran unidas y
mirando hacia arriba y le golpeaba sin ningún miramiento.
Yo era un buen chico y nunca había tenido problemas, pero mi suerte iba a
cambiar. Un día estuvimos en el recreo jugando con unas cerillas. Al subir del
recreo aún nos quedaban algunas y alguien encendió una y la arrojó a la
papelera. Ésta se prendió fuego y todos menos yo salieron corriendo, mi aún
infantil sentido de la responsabilidad hizo que intentara apagarlo, metiendo mi
piececito en la papelera.
De repente se hizo el silencio y supe que algo no iba bien. Don Mario acababa de
entrar por la puerta y me había pillado. Casi no tuve tiempo ni de volverme a
mirar, ya que cuando me estaba girando un bofetón me cruzó la cara de lado a
lado con tal contundencia que me puso a pitar los oídos, acto seguido me cogió
por la bata y me llevó hasta su escritorio.
Yo estaba paralizado por el miedo,
mis oídos no dejaban de pitar, la cara me ardía y sentía que mi corazón se iba a
salir del pecho. Entonces sacó la regla de madera y me ordenó extender la mano,
yo obedecí , y él con su mano sujetó la mía agrupándome los dedos, dejando las
yemas unidas, después me propinó tres reglazos en las puntas de los dedos que me
hicieron romper a llorar desconsoladamente. Me mandó a mi pupitre a sentarme, el
silencio en clase era sepulcral.
Aquel día nació en mí un gran temor por aquel profesor y un sentimiento de odio
hacia él que me hizo prometerme a mí mismo que algún día me vengaría. Pero el
tiempo pasa y las cosas que antaño nos parecieron importantes, dejan de serlo.
P_xado"
Publicado: 10/05/06
(gracias, David)
"Quiero compartir con ustedes el relato del castigo que recibí en la escuela.
Para ese entonces tenia 11 años, cursaba 5 grado.
Era una escuela muy estricta en cuando al comportamiento de los alumnos,
llegando hasta los castigos físicos, si la falta era grave. Los padres en el
momento de inscribirnos en la escuela, eran informados sobre los castigos
físicos que se aplicaban, y los padres amantes de la disciplina, aceptaban con
gusto.
Se acercaban los exámenes trimestrales, y tenia que sacarme por lo menos 8 en
matemáticas, estaba dispuesto a todo con tal de no dejarla.
En un descuido del maestro tomé de entre sus papeles una copia el examen que
nos tomaría el día siguiente, pero no tuve en cuenta que el maestro sabia
cuantas copias tenía. La escondí entre mis cuadernos. Él llego al aula, y se dio
cuenta de que le faltaba una, se quedo callado, para que el culpable se
confiara, y llamó al director como era la costumbre para tal caso.
Yo estaba super nervioso, así pasaron todos a revisión hasta que llego mi turno
sacaron todos mis útiles y revisaron las paginas y allí estaba la copia, no
tuve mas remedio que confesar.
Cuando era una falta así, el ritual era que el culpable era conducido por el
director a su despacho luego allí nos sentaban a regañarnos.
Allí estaba yo siendo regañado por el director, y sabiendo que mi falta seria un
castigo físico aplicado por él. Me dijo "bájese el pantalón y su calzoncillo
hasta la rodilla", con pudor lo hice, luego me indico que me pusiera en una
esquina tal como estaba con el pantalón y ropa interior hasta la rodilla, que
así estuviera meditando mi falta 30 minutos.
Pasado ese tiempo, que me pareció eterno, ya se me deslizaban unas lágrimas, me
dijo ya ha llegado la hora de su castigo, espero que halla comprendido la
dimensión de su falta, me indico recostarme en su escritorio boca abajo, y
agradar los bordes con mi mano. Así, con mis posaderas desnudas me dio 25 azotes
con una regla pesada, que me hicieron brincar más de una vez y llorar como un
bebé. Por más que quise hacerme el fuerte, los azotes me vencieron.
Súbase los pantalones, me dijo. Lo que seguía era que tenia que quedarme después
de clases aseando las aulas por una semana. Nunca volví a robar los exámenes.
David"
Publicado: 12/07/06
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