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Castigos escolares (niños, 2)

 

Sud África, pequeña ciudad rural, fines de los 70 y comienzo de los 80.

(original en inglés. Thanks, Greg)

"En la escuela, el castigo físico era sólo parte de la rutina diaria. El instrumento usado era invariablemente la caña. Eran cañas de rattan delgadas y flexibles. Aun puedo recordar claramente la sensación de nerviosismo viendo una larga y amarillenta caña estremeciéndose. Sin embargo, sólo unos pocos profesores usaban la caña, mientras que otros usaban una regla para pegar en las manos. Cuando uno había hecho algo más serio, lo mandaban al director o uno de los otros maestros para una azotaina con la caña.

Yo recibía los azotes de mi profesor de Deportes. Nos golpeaba con la caña si habíamos olvidado traer nuestros zapatos de fútbol para la práctica del mismo en nuestro período de Entrenamiento Físico. No nos era permitido jugar en nuestro uniforme escolar. SI alguno había olvidado su equipo, tenía que pararse a un lado del grupo principal, y cuando ellos empezaban a jugar, se volvería hacia nosotros. No daba un largo sermón – sólo empezaba a azotar, probablemente considerando que una lección sería una pérdida de tiempo.

Uno tras otra teníamos que inclinarnos, tocar los dedos de los pies, y recibir nuestros golpes.


Por olvidar el equipo de gimnasia usualmente nos daba 3 golpes . Si uno hacia algo peor, como insultar a un profesor, o ser cogido fumando atrás del cobertizo de las bicicletas, recibiría más, normalmente 6 golpes.

Después del periodo de Entrenamiento, cuando todos estábamos en el vestuario cambiándonos la ropa de fútbol por el uniforme, los niños que habían sido azotados comparaban los verdugones. Eran una marca de orgullo, y aquellos con la marcas llamativas recibían muchos “Ahs” y “Ohs”. Lo mejor era si se habían levantado “crestas” en los verdugones – signo de que el profesor había sido particularmente severo en el trasero de uno. Debo admitir que, luego de que el intenso ardor inicial se había calmado, creo que disfrutaba mostrando mis verdugones para compararlos con los de otros.

Greg"

Publicado: 26/08/04
 

 

Zaragoza, España, década del 50

(Gracias, Andrés)

"A la edad de 11 años mis padres, muy católicos, decidieron que mi educación fuese con los padres jesuitas, como interno. Allí los castigos corporales era algo muy común y solían ser muy duros. En clase lo más común eran las bofetadas, si tenías algún borrón de tinta.

Las salidas al encerado eran muy temidas por nosotros porque el padre soltaba buenos varazos en cada equivocación. Te mandaba soltar la tiza y ya sabias que te esperaban tres golpes en las manos, luego continuabas con tu ejercicio, y así hasta que lo hacías, si podías. Si no te mandaba colocar de rodillas con brazos abiertos en el cajón, como se le llamaba, que era unas tablas con piedrecillas que se te clavaban en las rodillas. El dolor era insoportable. En clase raras veces nos azotaban en las nalgas.

Después de terminar la semana, en la última hora del sábado, se inscribía en una lista a los que serian azotados al día siguiente después de la misa. Cuando estabas en la lista no se te permitía comulgar.

El domingo, cuando terminaba la misa, los que estábamos para el castigo esperábamos en los bancos de la iglesia a que nos llamaran para la vara. De allí, cuando te llamaban, pasabas a una pequeña capilla que no se utilizaba para las misas. Tenía tres pequeños bancos de oración donde se nos azotaba de rodillas con los pantalones bajados.

El padre nos iba llamando según la manía que nos tuviera. Los que íbamos primeros éramos a los que se nos castigaba mas fuerte con la vara. El padre no era nuestro profesor, era el superior del colegio y por tanto el que ejecutaba los peores castigos. Era un hombre alto y fuerte con muy mala idea, al que había que tenerle un fuerte respeto y hablarle siempre de señor.

En la capilla se nos azotaba individualmente. Antes de pegar leía las cartas de nuestro tutor y nos preguntaba por lo que habíamos hecho para pedirnos explicaciones. Si habías fumado o pegado a algún compañero, antes de los azotes ya habías recibido una buena zurra a base de bofetones o jalones de orejas y patillas.

Luego te mandaba arrodillar dejando las nalgas desnudas. Solía dar un máximo de diez o quince golpes a cada uno, que nos dejaba la piel levantada varios días con verdugones negros. Se pasaba muy mal y no podías ni sentarte después. Luego te marchabas fuera y esperábamos todos juntos que terminara hasta el último. Era horrible escuchar a ese hombre pegando. No soportaba el ruido de la vara ni el lamento de mis compañeros.

Luego, a los que habíamos pasado vara se nos negaba el domingo de juegos y de encuentro con las chicas que solían venir a la iglesia para estudiar catecismo. Se nos daba trabajo como limpiar la iglesia, los utensilios de misa y cuando terminábamos se nos obligaba a estudiar.

Allí estuve hasta los 16 años.

Andrés"
 

Publicado: 09/10/04

 

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