década del 60 (gracias, Mónica)
"En cuanto a mis castigos, el ritual de mi madre no era nada especial ni muy digno de mención. Lo que más le molestaba era que mintiera y también castigaba la desobediencia, nunca por malas notas en la escuela o travesuras normales de toda niña. Recuerdo que guardaba la soga (siempre era la misma) en el cajón de los cubiertos.
Cuando me encontraba culpable de alguna falta que según su criterio debería ser castigada, tomaba la soga y - a diferencia de otros chicos a los que llevaban a un lugar cerrado para que no escaparan - me llevaba de la oreja (lo que ya era doloroso de por sí) a un patiecito que había detrás del lavadero, al aire libre pero sin testigos. Yo ya sabía que, a esa altura, ni Dios me salvaba de la paliza.
Me tomaba del brazo, me levantaba hasta que casi no tocaba el suelo y, sin decir más, sin reprenderme ni sermonearme, comenzaba a azotarme en las piernas, que estaban siempre desnudas porque me vestía con faldas cortas, vestiditos o shorts, jamás un jean. La soga era una cuerda igual a la que se utilizaba para tender la ropa. La ponía doble y la tomaba del extremo abierto, castigándome las piernas con la parte donde se plegaba.
Si bien me sostenía de un solo brazo y el otro me quedaba libre, poco podía hacer para defenderme o protegerme con él. En la locura de la paliza apenas atinaba a llorar, berrear y patalear.
Nunca parecía estar enojada, y si lo estaba, esperaba a tranquilizarse para comenzar el castigo.
Cuando consideraba que ya era suficiente, simplemente se iba y me dejaba llorando.
El efecto era mucho más liviano que el de un látigo de cuero o un rebenque, pero puedo asegurar que no quisiera volver a esos tiernos años y tener que pasar por eso otra vez.
No era nada terriblemente doloroso y apenas dejaba marcas por un rato, pero en el momento de la paliza era como estar en el infierno... como picaba! Realmente odiaba esa cuerda y le temía!
Mónica"
Publicado: 16/12/03
(gracias, Andros (narrado por su esposa))
"En general, no había una razón determinada para que mi madre me castigara: podía hacerlo por cualquier excusa, el que no comía lo suficiente, nunca fui gordita, ni tampoco de comer mucho; también podía ser que tomara algo para jugar, que a ella no le gustara, o bien porque había discutido con alguien, mi padre, abuelos paternos, o quién sea.
Pero como ritos en cuanto a repetición y forma de hacerlo si los tenía.
Primero por lógica era atraparme, cosa que le costaba, ya que sabiendo lo que me esperaba yo echaba a correr, y estando en un campo no era fácil encontrarme. Pero, tarde o temprano tenía que volver por comida o agua, o se me ocurría un juguete o algo, y allí era atrapada.
Mi madre era una mujer muy fuerte, de por sí sus manos de mujer de campo eran más que suficientes, pero, no conforme con esto, lo primero era retarme a los gritos, y luego encerrarme en el galpón.
Según ella, esto me haría reflexionar sobre mis errores y culpas, que me llevaban al castigo.
Podían pasar horas, y yo allí en la oscuridad, con luces de rendijas, entre la madera.
Pasado este tiempo, era llevada de los pelos, tomados en un mechón de la nuca, hasta la cocina, este era el lugar del castigo.
Tenía que levantarme la pollera, y bajar mis bombachas hasta los tobillos, luego con una mano sostener mi pollera en alto, casi siempre era la mano derecha, y con la otra apoyarme en una pared que tenía una ventana al patio con mis pies separados. El tener que tener mi pollera y procurar que no resbalara mi otra mano de la pared para no caerme, me dejaba totalmente indefensa.
Allí comenzaba la otra parte del rito, entre reclamos y retos, buscaba en un rincón una varilla de mimbre, tenía varias, de diferentes largos y grosores, y elegía la que según ella merecía para la falta de ese día.
Yo ya estaba llorando, en forma queda, claro, para evitar que se enojara más. Había aprendido que aflojarme era mejor que tensarme, y eso hacía, dejaba caer mis nalgas todo lo que podía aunque siendo mas bien flacucha no había mucho que dejar caer.
La sentía acercarse muy lentamente, y luego el zumbido de la varilla en el aire, y mi cola que comenzaba a arder como los demonios.
Cuando me iba bien, dos o tres eran suficientes, otras veces esto se prolongó hasta más de diez, supongo, porque lo que menos hice es contar en esas ocasiones.
Lo curioso de todo esto es que luego salía rápidamente en busca de cremas y aceites, y se dedicaba a "curarme", y desde ya siempre era todo por "culpa mía".
Pocas veces usó sus manos y se conformó, otras usó un rebenque, y hasta perchas de ropa, pero la ceremonia de la pared nunca se dejó.
Con los años, la cosa fue cambiando claro, pero esto duró por lo menos desde los 6 a los 13 años. Luego, me fui a vivir con unos parientes.
Hoy no recuerdo nada de esto como gratificante, pero siento predilección por hacer travesuras, que me reten y me den unas palmadas, eso me resulta excitante, se me suman sensaciones y sensaciones que apenas voy descubriendo.
No creo que vaya a elegir nada como una vara o cane, pero, quién sabe, tal vez me atreva con un cinto alguna vez. Por ahora me gustan los juegos de rol y la mano amorosa de mi esposo en mi cola, eso es único para mí, porque sé que hay amor, tanto en él como en mi.
Ambos apenas comenzamos a conocer esto y a vivir sensaciones, pero que yo pueda hablar de fantasías con él, y buscar un entendimiento y además llevarlas a cabo desde una conciencia sana y desde una búsqueda de algo para los dos, es maravilloso, vale la pena, que no la hay.
Y como detalle y solo para demostrar como cambia la situación ¿cuál posición que me gusta? Sí, exacto; una mano en la pared y la otra sosteniendo mi pollera. Ja!"
Andros"
Publicado: 16/12/03
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