(Original en inglés, thanks, Peter)
"Crecí en el sur de los EE.UU., donde los castigos físicos eran habituales.
La mayoría de las azotainas que recibí eran por responder o por ser irrespetuoso. Mi padre me azotó hasta alrededor de los 17 años.
Me decía que me sacara toda la ropa y que me acostara boca abajo en la cama. Siempre estaba completamente desnudo para mis palizas.
Entonces mi padre iba a su cuarto a buscar el asentador de navajas, o salía a preparar una vara, que cortaba de los arbustos, removiendo las hojas de la rama antes de aplicarla a mis nalgas y piernas desnudas.
Cuando volvía a mi habitación, “entraba azotando”, por decirlo así. Nunca cerraba la puerta de mi cuarto, así que los azotes y los gritos podían oírse en toda la casa.
Me azotaba principalmente en las nalgas y piernas, pero ocasionalmente me pegaba en la espalda. Mientras el azotaba, y yo lloraba y gritaba, me regañaba por mi falta. No sé cuantos golpes recibía, ni creo que él los contaba. Simplemente me pegaba hasta que se cansaba de ello.
Cuando terminaba de azotarme, era el momento de ir al rincón.
Era, para mí, la peor parte del castigo. Mi padre me hacía parar, desnudo, en el rincón, con la nariz contra la pared, hasta que dejaba de llorar, o hasta que el lo dijera. Esto me resultaba horrible, porque cualquiera en la casa podía verme, incluyendo mi hermano y mi hermana, ambos menores que yo, lo que hacía mi tiempo en el rincón aún más humillante.
Peter"
Publicado: 26/08/04
(gracias, Felipe)
"En mi hogar las azotainas eran un castigo bastante recurrente y recurrido, especialmente para mi hermano y para mí, pero sin que mi hermana fuera del todo inmune a esos correctivos.
Recuerdo haber sido castigado con azotes desde muy niño, pues con muy pocos años ya recibí algún que otro azote esporádico, aunque con toda seguridad por encima del pañal, pero no fue hasta los cinco o seis años que supe lo que era una azotaina en toda regla.
La "ceremonia" era muy simple, mi padre o -más frecuentemente mi madre- se sentaba en alguna silla, sillón o cama, me bajaba pantalones y calzoncillos hasta medio muslo(o el pijama o el bañador si esa era mi indumentaria), me colocaba sobre sus rodillas y me atizaba un número indeterminado de azotes, raramente menos de una docena y a veces casi un centenar.
Con suerte me zurraban con la mano, pero la mayoría de veces -sobretodo mi madre, que alegaba que le dolía mucho la mano al pegarme- acababan usando una zapatilla. En cualquier caso, os puedo asegurar que no tardaba mucho en llorar y pedir perdón, asegurando no repetir la falta, pero en vano, y abandonaba el regazo paterno o materno frotándome con ganas un trasero más rojo que un tomate maduro.
Normalmente, después de la azotaina me mandaban un rato a la habitación, o a la cama si ya era de noche, y no se hablaba más del tema, salvo como amenaza si me portaba mal, recordándome como me había dejado el culo la ultima vez.
Y aunque nunca me pegaron en público (salvo un par de azotes por encima del pantalón), nunca me evitaron la humillación y la vergüenza de amenazas o recuerdos más o menos gráficos o explícitos sin importarles quien pudiera oírles.
Felipe"
Publicado: 26/08/04
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