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Los Azotes en Inglaterra


La ley anglosajona se basaba en la costumbre, y nunca se recolectó en forma escrita. Durante este período, los azotes fueron uno de los castigos normales para la mayor parte de las ofensas y pagos por castigos aparecen en las cuentas de la mayor parte de las ciudades. Los criminales eran normalmente azotados en la espalda con un látigo de tres colas hechos de cuerdas anudadas.

Los azotes eran reservados a los villanos y nunca se azotaba a los hombres libres. También eran aplicados a los sirvientes por faltas domésticas.
 



En tiempos más recientes, en 1430, Enrique VIII estableció la llamada “Whipping act” (acta de los azotes) que parece ser la primera ley escrita que mencionaba los azotes, en la cual los vagabundos serían “atados atrás del carro desnudos y azotados a través de las ciudades con mercado hasta que el cuerpo esté ensangrentado”. El carro viajaba por la ciudad, e incluso por ciudades vecinas, parando en puntos importantes (el mercado, en frente de la iglesia, en la alcaldía) en cada uno de los cuales el delincuente recibía una dosis del látigo.
 

Desde el reino de Isabel I, en 1597, y de allí en adelante, los condenados sólo debían estar desnudos de la cintura para arriba. Este fue el período en que el poste de azotes, instalado en un sitio prominente, como la plaza del mercado o enfrente a la iglesia, comenzó a reemplazar al carro.

Cuales eran crímenes punibles variaban con la modificación de las costumbres. Madres de niños ilegítimos (y quien fuera considerado el padre) eran azotadas, como lo eran mujeres infieles y prostitutas. El látigo castigaba también crímenes menores, como pequeños robos. Los crímenes serios se castigaban con la muerte o el transporte a la colonias (usualmente Australia, pero a veces también a los EE.UU.) También eran azotados los vendedores ambulantes, que perjudicaban el comercio de los negocios establecidos. Se azotaba a los enfermos, ya que los azotes eran considerados la cura de muchas enfermedades.

Las mujeres eran azotadas tan frecuentemente como los hombres. Una mujer considerada un delincuente habitual fue llevada de la prisión de Crekenwell a Enfield y allí públicamente azotada por el verdugo por cortar madera en Enfield Chase.

Está también el famoso caso de Mary Hamilton, alias George Hamilton, alias William Hamilton, en 1746. Esta mujer, disfrazada de hombre, se casó con catorce mujeres hasta que la última, conversando con algunos vecinos, “comparó ciertas circunstancias” y se dio cuenta de que su esposo había incurrido en “viles y engañosas prácticas” (parece que las mujeres no tenían muchos conocimientos sexuales o de anatomía entonces). Los jueces dijeron que “el, ella, el prisionero en el banco, es un notorio y poco común estafador, y nosotros, la Corte, sentenciamos a él o ella, quienquiera que él o ella sea, a ser encarcelado por seis meses, y durante ese tiempo a ser azotado en las ciudades de Taunton, Glastonbury, Wells y Shipton Mallet (cuatro ciudades con importantes mercados) Y él o ella (parece que la Corte no era mejor en anatomía que las mujeres) fue severamente azotada (¿o azotado?).

 

El notoriamente cruel juez Jeffreys (probablemente un sádico que aprovechaba su posición para satisfacer sus inclinaciones sexuales) dijo, al condenar a una mujer “Verdugo, le encargo que preste especial atención a esta dama. Azótela bien, azótela hasta que su sangre corra. Es Navidad, un tiempo frío para que una mujer se desnude. Asegúrese de calentarle los hombros” (pero era un hombre de buena reputación que fue hecho Barón Jefferys de Wern en 1685).

Los castigos eran siempre públicos, para humillar al culpable (en ciudades pequeñas la mayor parte de la gente se conoce personalmente) y como elemento disuasivo para los espectadores. En ciudades más grandes los azotes, que eran un entretenimiento público, atraían multitudes.

 

Desde 1720, las cortes comenzaron a distinguir los castigos privados, que eran propinados en las cárceles o sus cercanías, en Londres en la prisión de Newgate o en la Old Bailey, de los públicos en el poste o atrás del carro. En las prisiones los criminales eran azotados en el “block”, que tenía una barra como la de un cepo para sujetar las manos y una caja para restringir los movimientos de las piernas. Mostramos el block de Newgate.

 


Pero aún cuando los azotes públicos pasaron de moda, los caballeros (y algunas damas también) tenían como pasatiempo concurrir a la prisión de mujeres de Bridewell para ver cuando las prisioneras eran desnudadas de la cintura para arriba, atadas al poste y azotadas.

Finalmente, una ley de 1791 abolió los azotes para las mujeres vagabundas, y en 1820 se pasó el Whipping of Female Offenders Abolition Act (Acta de abolición de los azotes a mujeres delincuentes) que acabó con el castigo de azotes para mujeres.

En Glasgow el último hombre fue azotado atrás de un carro en 1822 , apenas después de que los azotes públicos fueran abolidos.

Los azotes en las cárceles continuaron por largo tiempo, con látigos y manojos de abedul. El Acta de Justicia Criminal de 1948 limitó decididamente los azotes, los que finalmente fueron abolidos en 1967. Aparentemente la última azotaina en prisión fue dada en 1962.


El “vicio inglés”

Aún cuando lo castigos con propósitos eróticos son universales, un sitio sobre nalgadas consensuadas como el nuestro no puede hablar sobre los azotes en Inglaterra sin mencionar lo que los franceses llaman el “vice anglais”.

El primer libro más o menos pornográfico sobre el tema de la flagelación, aunque presentado como un libro médico fue publicado en Inglaterra. Fue “A Treatise on the use of Flogging in Medicine and Venery” (un tratado sobre el uso de los azotes en medicina y para el placer sexual), publicado en 1718 y traducción de uno publicado en latín por un tal Johann Heinrich Meibom "De Flagrorum Usu in Re Veneria & Lumborum Renumque Officio" (1590–1655). Explicaba detalladamente y defendía la flagelación con propósitos sexuales. Puso los azotes sexuales de moda en Europa, y marcó a los ingleses como los expertos en el tema.


Y aún cuando lo que ahora llamamos BDSM se disfrutó en todos lados y siempre, en el siglo 19 había en Inglaterra muchos burdeles especializados en flagelación, de los cuales el más famoso era el de una señora Berkeley or Berkley del nº 29 de la calle Charlotte. No sólo hizo una fortuna en el negocio, sino que inventó un caballete de azotes, el “caballo de Berkley”



 

Los hombres iban a esos burdeles a ser azotados, siendo lo instrumentos de castigo más populares lo mismos que se usaban para castigar alumnos y criminales, el manojo de abedul, la caña y los látigos. Parece que disfrutar siendo azotado por razones sexuales era considerando un tanto disoluto, pero no enfermo.
 

Publicado: 17/01/07

 

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