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Rousseau, un “spanko” famoso

 
Jean-Jacques Rousseau nació en Ginebra, Suiza en 1712 y murió en Ermononville, Francia, en 1778. Sus escritos tuvieron una enorme influencia en la filosofía moderna. En su opinión temprana el hombre es esencialmente bueno, un “noble salvaje”, que es corrupto por la sociedad. Pero en “El Contrato Social” expresa una visión opuesta, que el hombre sólo puede vivir en sociedad. Esta obra fue causó su expulsión de Francia, ya que habla de la soberanía popular y de la República como una forma superior de gobierno, semillas de la Revolución Francesa.

Las ideas de Rousseau sobre educación (publicadas en “Emile, o de la educación”) han influenciado en forma profunda la teoría moderna de la misma. Allí recomienda que las emociones del niño sean educadas antes que la razón, poniendo énfasis especial en la educación por la experiencia.

Pero lo que nos interesa, por su valor histórico para nuestros juegos, es un fragmento de sus “Confesiones”, publicado en 1781, después de su muerte. En él declara que era un “spanko”, un aficionado a las nalgadas, y que lo excitaba recibir azotes, un secreto que escondió toda su vida, y que le impidió tener relaciones normales con las mujeres.

Su madre murió cuando él tenía dos años, y cuando su padre tuvo que huir de Ginebra por un problema menor, Rousseau quedó pensionado con una pareja de hermanos, el Sr. y la Srta. Lambercier. Y allí fue que recibió su primera azotaina.

Al ser un hombre famoso y de tanta influencia, su confesión causó una conmoción social en su época parecida a las que las aventuras sexuales del Presidente Clinton de los Estados Unidos causaron recientemente, y su propia interpretación de sus inclinaciones tuvo un enorme peso en la forma en que nuestros juegos son vistos hoy en día. Freud dice:

“Desde las Confesiones de Jean-Jacques Rousseau, ha sido bien sabido por los educadores que la estimulación dolorosa de la piel de las nalgas es una de las raíces eróticas del instrumento pasivo de crueldad (masoquismo)”. (1)


Freud (y el psicoanálisis) aceptaron sin cuestionamientos la interpretación de Rousseau de que la azotaína a manos de Miss Lambercier fue la causa de sus inclinaciones. Para nosotros ambos están equivocados, fue sólo una inmejorable ocasión para que una tendencia innata se manifestara. Además, ignora el hecho de que, si bien su primera experiencia de BDSM fueron los azotes, el propio Rousseau dice que su fantasía era ser dominado, no azotado.

Así, el masoquista fue, desde entonces, una persona que, por haber sido azotado cuando niño, se convierte en un amante de la crueldad, incapaz de mantener relaciones normales. El problema es que muchos de nosotros no fuimos azotados cuando niños, la mayoría busca la sumisión, no el dolor (y mucho menos la crueldad), y la mayoría puede tener relaciones sexuales sin BDSM (aunque para muchos, el BDSM las mejore).

Disfruten del fragmento (tomado de la Biblioteca Digital de la Universidad de Costa Rica):

“El cariño, propio de una madre, que la señorita Lambercier nos profesaba, la revestía de la autoridad de tal, y algunas veces usaba de ella imponiéndonos castigos merecidos.


“Durante mucho tiempo se limitó a la amenaza, pareciéndome espantosa la prometida pena, nueva enteramente para mí; pero desde que la sufrí me pareció mucho menos terrible de lo imaginado. Y lo más particular es que aquel castigo aún me aficionó más a la que me lo había impuesto, de modo que fue necesaria toda mi natural dulzura y toda la verdad del afecto que le profesaba para no tratar de provocar la repetición del mismo, mereciéndolo, porque encontré una mezcla de sensualismo en el dolor y en la vergüenza del castigo, que me hacía desear recibirlo otra vez de la misma mano. Es verdad que había en ello cierta precocidad instintiva de sexo y, por lo tanto, el mismo tratamiento practicado por su hermano no me habría gustado tanto. Pero, atendiendo a su carácter, no había que pensar en semejante sustitución; y me abstenía de merecer el correctivo por temor de disgustar a la señorita Lambercier; pues tal es el imperio que sobre mí ejerce la benevolencia, aun aquella que debe su origen a mis sentidos, que siempre se sujetaron éstos a su ley en mi corazón.

Mas, aunque yo procuraba evitarlo, sin temerlo, llegó un día la repetición del castigo, sin culpa mía, a la verdad o al menos sin que me lo hubiese yo procurado deliberadamente, y debo en conciencia confesar que aproveché la ocasión con la conciencia tranquila. Pero fue por segunda y última vez, pues habiendo ella observado, sin duda por alguna señal, que no lograba el fin que se proponía, declaró que renunciaba al procedimiento, añadiendo que le resultaba demasiado fatigoso. Hasta entonces habíamos dormido en su cuarto y a veces en su misma cama en las noches de mucho frío: dos días después se nos trasladó a otro cuarto y en adelante tuve el honor, que ninguna falta me hacía, de que me tratara como a un niño mayor.

¿Quién creería que este castigo de chiquillo, recibido a la edad de ocho años, por mano de una mujer de treinta, fue lo que decidió mis inclinaciones, gustos y pasiones por todos los días de mi vida y precisamente en sentido contrario del que podría naturalmente imaginarse? Mientras por una parte se despertaron mis sentidos, tomaron tal giro mis deseos que se limitaron a lo que había experimentado: de modo que, dotado de una sensualidad ardiente desde la más tierna infancia, me conservé libre de toda impureza hasta la edad en que se desarrollan los temperamentos más lánguidos y tardíos.

Hostigado largo tiempo sin saber por qué, devoraba con ardientes ojos las mujeres bellas que se presentaban a mi fantasía con insistencia, sin otro objeto que gozar a mí singular manera, convirtiéndolas en otras tantas señoritas Lambercier.”


Un poco más adelante, declara sus fantasías, que no incluyen ser azotado:

"Estar a los pies de una mujer imperiosa, obedecer sus mandatos y tener que pedirle mil perdones, eran para mi placeres inefables, y cuanto mayor impulso comunicaba mi viva imaginación a mi sangre, tanto más parecía un amante tímido."


Y finalmente, lamentablemente sin más detalles:

"Una sola vez lo he obtenido, en la infancia, con una niña de mi edad, pero fue ella quien hizo la primera propuesta"


(1) Sigmund Freud. Three Essays on the Theory of Sexuality (1905) (volver)
 

Publicado: 12/10/05

 

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